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Hay veces que somos presa del momento, nos convertimos aun sin desearlo en los reglones torcidos del tiempo, somos como la arena de un reloj, estamos rodeados de la grandeza de la compañía, somos la parte exacta de un numero improbable que marca fragmentos de la vida.

Caminamos por el mundo pisando las tablas que otros ya pisaron y temiendo aquello que nos dijeron que debíamos temer, a veces tratamos a alguien con miedo, con frialdad, distancia o indiferencia simplemente porque otras personas nos dijeron que esa persona no era aquello que creían correcto. Sin embargo casi todos los seres estamos hechos de la misma materia, somos la esencia de un recuerdo, la parte fructífera de un sueño, el anhelo de un momento en la distancia y la experiencia de un camino mejor.

A veces somos ese animal despiadado que todos desprecian, ese ave de mal augurio que se cierne sobre los momentos de desesperanza causando el caos a su paso, cuantas son las personas que darían mucho por ser portadoras del mecanismo que lo detenga, cuantos son los necios que creen en palabras ajenas porque carecen de juicio propio, cuantos son aquellos que ven mas allá de lo que nos muestra una primera imagen, cuantos quisieran sentirse ese bicho raro que carece de colores vivos, ese que que aun en las sombras es capaz de desplegar sus alas surcando la penumbra para ser la sombra de aquellos que lideran la vida, porque los fuertes no son aquellos que presumen de imperios, si no las manos que lo sostienen cada vez que este tiembla...

Ese temblor a veces es el presagio de que debemos batir las alas acariciando el viento, fijando la vista en el destino que se refugia tras inmensas espinas y olvidar que una vez fuimos el portador del miedo...